VIVIENDA / DECORACION EL MERCURIO
EDICION Nº 294 – SÁBADO 23 DE FEBRERO DE 2002
"A Valparaíso No lo Cambio por Nada"
 Todd Temkin recorre el proyecto con un amigo, el asesor presidencial de la cultura, Agustín Squella |
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Con fachadas nuevas y llenas de color lucen 22 viviendas del barrio que rodea el ascensor Espíritu Santo en Valparaíso. El proyecto fue impulsado por la fundación que lleva el nombre de esa ciudad, y que está al mando de Todd Temkin, un poeta estadounidense que se enamoró del puerto. En 1998, cuando Todd Temkin formó la Fundación Valparaíso, la gente lo percibía –por el parecido fonético de su apellido- como un pequeño Tompkins. Querían saber cuál era “el gato encerrado” y qué había en su agenda secreta. Más todavía, cuando dijo que en siete o diez años Valparaíso se convertiría en el ciudad “top” de Chile, se reían en su cara: “¡Mira como vamos ya!, exclama. Ahora lo escuchan, lo respetan y consideran, porque la institución que preside ha conseguido ejecutar importantes proyectos patrimoniales, culturales y turísticos que han ido en beneficio del puerto. El logro más reciente fue ganar, junto con el Estudio de ingeniería Sisplade, su gerente general Patricio Piola y los arquitectos Jordi Borja y Eduardo San Martín, la licitación para desarrollar el plan maestro borde costero. Temkin es poeta y fue profesor de Literatura Norteamericana en la Universidad de Minessota. Llegó a nuestro país en 1993 con el propósito de escribir y hacer clases en la Universidad Católica de Valparaíso. Se enamoró de una ciudad que en ese entonces “tocaba fondo”. “Para mí era tan evidente que Valparaíso es lejos la ciudad más interesante de Chile, que me parecía necesario pensar en la creación de una entidad que se dedicara en su renacimiento urbano, patrimonial y cultural”, señala. Todd cuenta que por razones difíciles de explicar, la capital de la Quinta Región produce una suerte de licor o narcótico que embruja a las personas. Y aunque –al contrario de Viña del Mar, que es una ciudad construida para percibirla como bonita- tiene una “mala primera imagen”, al poco andar, caminando por los cerros y perdiéndose por las escaleras y callejos empieza envolver al visitante, al punto de no querer vivir en otra parte. Después de que Temkin creó un plan de trabajo y lo presentó a un empresario para conseguir capital, 1998 comenzó a operar la Fundación Valparaíso. Hoy día la entidad –financiada por fuentes estatales, privadas e internacionales, y por la venta de asesorías y avisaje –maneja tres ejes de acción: los departamentos de patrimonio, cultura y turismo, dirigidos por la arquitecta Marcela Hurtado, el gestor cultural Alfredo Barría y Temkin, respectivamente. Las tres áreas están directamente relacionadas con los 17 proyectos en los que actualmente trabaja. Entre las tareas más relevantes desarrolladas por la fundación – premiada por organismos nacionales y extranjeros- se cuentan con la recuperación de espacios públicos; la restauración de la casona de 1898 que alberga al organismo; la remodelación de la fachada del Mercado Puerto de Valparaíso; la publicación de la revista “Cruising Valparaíso”, distribuida entre turistas extranjeros que llegan por vía marítima; el proyecto de capacitación, junto a la Fundación Chile, de nueve familias que convertirían sus casa en “Bed &Breakfast”; festivales de cine y jazz y actualmente el programa “Un ascensor es un barrio”, que consiste en la reconstrucción de 22 fachadas de casas ubicadas en el paseo Guimera y la escala Pasteur, junto al Museo a Cielo Abierto. Esta iniciativa se inaugurará el 8 de marzo. ¿Cómo haces la mezcla entre la poesía y la gestión patrimonial y de renovación urbana? “Vivo casi dos realidades paralelas. Continúo escribiendo y publicando en revistas literarias de Estados Unidos, pero mis amigos y colegas de allá no imaginan, ni visualizan lo que es Valparaíso y lo que hago acá. Y aquí la gente no me conoce como poeta, tiene la visión de que soy un gran empresario” (se ríe). ¿Que hace falta hacer por Valparaíso? “Una de las patologías más importantes es su desprestigio entre los chilenos. Además, es una ciudad muy pobre. Hace un tiempo la gente prefería mandar a un turista a un mall antes que al puerto. Por eso, el desafío más grande es cómo involucrar a la ciudadanía en el discurso del renacimiento de Valparaíso como ciudad patrimonial. Cómo reposicionarla en el mercado interno. Y son los mismos chilenos los que tienen que vender y sembrar su mística”. Agrega que lo urgente es recuperar el casco histórico, los ascensores y sus barrios. También la cárcel como centro cultural, desarrollar el borde costero y crear el Silicon Valey chileno, un polo de negocios limpios para la ciudad. ¿Cuál es el aporte de la fundación para que se declare Patrimonio de la Humanidad a Valparaíso? “La Unesco necesita ver que hay soluciones serias propuestas por la sociedad civil. En ese sentido, humildemente la fundación se destaca por su metodología de gestión, sus logros y reconocimientos. Todo lo que hemos hecho está en el expediente que entregó el gobierno. Hay que entender que este proceso recién comienza y una forma de partir es a través de un proceso educativo o lobby con el representante de la UNESCO que venga al puerto, y que el 95% de nuestra suerte se basa en el informe que éste entregue”. ¿Cómo es el porteño con su ciudad? “Hoy Valparaíso tiene un núcleo de jóvenes arquitectos y de otras carreras, muy identificados con su ciudad e interesados en participar en un movimiento que no es ideológico, sino eminentemente cívico. El problema no es que a los porteños no les guste Valparaíso, sino que lo desconocen”.
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